
JAVIER PARRA
Dicen que Hugo Chávez ha muerto, sin embargo la realidad parece querer demostrar lo contrario. Millones, decenas de millones, centenares de millones de personas de todo el mundo lloran la desaparición física de uno de esos hombres que nacen en el mundo cada muchas décadas, de uno de esos estadistas que logran hacer temblar los cimientos de un continente, pero lloran con optimismo, con el convencimiento de que en lugar de morir Chávez se ha hecho eterno, de que se ha convertido en millones de corazones, en millones de puños combativos, en millones de semillas de las que nacerán nuevas Revoluciones.
El mismo Chávez fue fruto de un pueblo maduro, de un pueblo que había sido expoliado, humillado, despojado de su soberanía. Fruto de un pueblo que había aprendido cual era el explotador y el explotado, el imperio y el rebelde, el patriota y el vendepatrias. Y de todo eso floreció una Revolución que dio rostro a los que habían sido ocultados, que dio voz a los que se les había acallado, que dio un futuro a quienes no tenían ni presente, que dio una Patria internacionalista a quienes eran una colonia imperialista. Eso fue la Revolución Bolivariana, un mal ejemplo para los países y los gobiernos que solo se acuerdan del pueblo cuando tienen que engañarlo, robarle o expoliarle. Un mal ejemplo contra el que había que desatar las más oscuras fuerzas que lo redujera a cenizas. Pero nunca pudieron.
La Revolución Bolivariana se enfrentó a las oligarquías, a los poderosos, a los que sojuzgaban al pueblo venezolano, al imperio que lo asfixiaba. La Revolución Bolivariana hizo protagonistas a los desheredados, a las clases populares, y convirtió en meros actores de reparto a los que hasta entonces habían sido los dominadores. Chávez se bañó en su pueblo, el pueblo se impregnó de Chávez, y América se miró en el espejo bolivariano.
Pocas horas después de su muerte física millones de personas llenaron las calles de Caracas para decir “Hasta Siempre Comandante”, una marea roja y Socialista demostró al mundo que Chávez había muerto y resucitado el mismo día. Mientras tanto, a muchos kilómetros de allí, en el centro de Madrid, miles de personas se concentraban para darle las gracias, pero también para decir que aquí está el pueblo. Que este pueblo también está siendo sojuzgado, que a este pueblo se le está robando el futuro, que también se le ha convertido en una colonia. Para recordar que a las clases populares se las está empujando a la miseria y la desesperación, que una panda de vendepatrias están ocultando el rostro lleno de sufrimiento del pueblo español.
Por eso, quizá ni hoy ni mañana, pero más pronto que tarde, la ola bolivariana alcanzará las costas españolas e inundará las calles de su capital. Ese día esa ola ahogará a los traidores y dará al pueblo un futuro, a las clases populares esperanza, y a los trabajadores una Patria solidaria, republicana e internacionalista. Quizá por eso el día 6 de marzo en Madrid miles de personas gritaban: “¡España mañana será bolivariana!”
